Desde los primeros minutos de Érase una vez en Anatolia nos adentramos
en los infinitos campos de la misma zona de Anatolia, siendo partícipes de la
investigación que llevan a cargo agentes de policía, un fiscal y un doctor que
junto el culpable van a tratar de encontrar un cadáver: debajo un árbol de copa redonda según asegura el asesino. No es
para nada una primera parte fácil, ya que Nuri Bilge Ceylan nos introduce desde
el inicio en un lugar donde aparentemente no pasa nada, de manera contemplativa
al máximo y donde difícilmente encontramos diálogos esclarecedores de la trama
principal. Durante más de una hora diambulamos en una especie de road movie y sin aparente sentido, por toda
Anatolia.