Se inicia el film.
En una esquina del cuadrilátero nos encontramos a Tom Hooper y, en la opuesta,
al reparto al completo de Los Miserables. Durante los 150 minutos del film
asistimos a una encarnizada lucha entre ambos por hacerse con el protagonismo
del mismo. Y ese es el gran lastre de Los Miserables, la ausencia de un
referente que te haga de guía por los conflictos y amoríos del París de
principios de siglo XIX. Y digo esto por hallar en una superproducción diseñada
para arrasar en taquilla decisiones típicas del cine de autor que enriquecen la
película para unos y la lapidan para otros tantos.
